Con algo más del 50% de los votos, Mauricio Funes, candidato del Frente, presidirá el país durante los cinco próximos años.
La llegada del Frente tiene de novedoso no su apoyo popular -soporte que ha sabido mantener durante décadas- sino que, esta vez sí, se le haya permitido competir en unas elecciones más o menos limpias. A pesar de los intentos (en algunos casos consumados) de fraude en su contra y, a pesar, de toda la propaganda mediática de acoso a la izquierda y de desprestigio a la figura del candidato, presentado como un peligroso esbirro de líderes foráneos, Funes logró superar los obstáculos, circunstancia que le convierte en Presidente de El Salvador desde el próximo junio.

Funes, ex periodista, representa además una renovación del propio FMLN, sin perder continuidad, pero con un discurso fresco, conciliador y lo suficientemente lúcido como para encontrar apoyos externos. De momento, en sus primeras palabras como Presidente electo, recalcó la importancia de un proyecto de integración Centroamericana como proceso de progreso y la revisión de relaciones con los EEUU, en un momento en el que el Presidente de este último país, Barack Obama, parece dispuesto a equilibrar posiciones con los vecinos del sur (sobre todo, tras la reunión, hace unos días, con su homólogo brasileño Lula da Silva).
Funes también dedicó unas palabras para el recuerdo, en especial mencionó al sacerdote salvadoreño Monseñor Romero, clérigo que defendió con su vida (fue asesinado en 1980) los Derechos Humanos de los excluidos del país.
El nuevo Presidente recibe en herencia una situación social extrema, donde la pobreza es generalizada y la violencia se erige como la principal ley diaria. Una realidad más que complicada, que exigirá al nuevo Gobierno un verdadero trabajo de planificación y de compromiso por erradicar la miseria y la desigualdad en un país donde los poderes fácticos habituales se lo pondrán bien difícil.



